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La complicada evolución de Dennis Rodman

LOS ÁNGELES – Dennis Rodman ha estado llorando.

Su estado emocional es imperceptible. Llega a nuestra entrevista escudado por lentes de sol de color rosa, los cuales sirven para ocultar sus mejillas llenas de llanto y sus ojos rojos e hinchados. Se muestra apagado, tranquilo casi hasta hacerse una presencia fantasmal. Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que deje fluir sus emociones porque, una vez que superas su histrionismo, las excentricidades, la arrogancia y los piercings, la característica abrumadora de este simbólico erudito del baloncesto siempre ha sido su vulnerabilidad.

Con toda seguridad, ustedes recuerdan su conferencia de prensa en 1990, cuando fue presentado como Jugador Defensivo del Año en la NBA. En aquél entonces, apenas era un chico de aspecto limpio, vestido en jeans y zapatillas deportivas, que jamás había probado el alcohol y que se encontraba tan abrumado por la magnitud de su logro que no era capaz de hablar sin sollozar.

Dennis Rodman debe lidiar con muchas cosas por estos días, particularmente entender cuál es su propósito en la vida hoy en día, cuando ha pasado mucho tiempo desde que sus hazañas en el baloncesto quedaron relegadas en los libros de historia. Aquí se encuentra, en el complejo de eventos The Terrace at L.A. Live en el centro de la ciudad de Los Ángeles para conversar sobre su nuevo documental de la serie 30 for 30 de ESPN titulado “Dennis Rodman: For Better or Worse” (“Dennis Rodman: para bien o para mal”), que revela las luchas particulares de una de las estrellas más talentosas de la historia de este deporte.

No obstante, antes de llegar a su encuentro, Rodman se desconcierta con una llamada telefónica de su exesposa Michelle Moyer, quien le informa a Rodman que Trinity, su hija adolescente, desea verle. Necesita verle. Rodman me dice que vive a 10 millas de distancia de Trinity, quien es estrella de elite del fútbol de secundaria y que además entrena con la selección femenina sub-20 de Estados Unidos, y de su hijo DJ, quien juega baloncesto en la Universidad de Washington State. No obstante, cuando Rodman piensa en la idea de visitarles, de conectar con ellos, le paraliza.

Afirma que desea convertirse en el padre que nunca tuvo. Philander Rodman Jr. abandonó a Dennis cuando éste tenía 3 años y no volvió a ser visto hasta que su hijo se convirtió en estrella de la NBA. A pesar de ello, DJ y Trinity (nacidos, respectivamente, en los años 2000 y 2001) y la hija mayor de Rodman, Alexis, producto de su primer matrimonio (nacida en 1988) también han crecido en gran medida sin la presencia de su padre. ¿Está seguro Dennis Rodman de que puede hacerlo mejor que su progenitor?

“Quiero hacerlo”, afirma Rodman a ESPN mientras se seca las lágrimas, que comenzaron a fluir el mismo momento en el cual intenta conversar sobre sus hijos. “Pero no es tan sencillo”.


Rodman creció en los desarrollos habitacionales gubernamentales en Dallas con sus hermanas Debra y Kim y su madre Shirley. Era un chico tímido en exceso, que se aferraba a la blusa de su madre siendo niño pequeño, quien seguía diligentemente a sus hermanas mayores dondequiera que fueran. Eran pobres, su madre trabajaba en varios empleos para poder mantenerles y le tocaba defenderse solo, intimidado por los otros niños de su barrio. Era un joven solitario, con temor de lo que el futuro le podría deparar.

“Pensé que terminaría en la cárcel”, explica Rodman. “Pensé que traficaría drogas o terminaría muerto. Esas eran mis opciones”.

Sus hermanas se destacaron como estrellas del baloncesto mientras él zozobraba, quedando fuera del equipo de fútbol americano en secundaria y subestimado como prospecto del baloncesto. Cuando Dennis se graduó. Shirley le dio un ultimátum: o consigues un empleo… o buscas un nuevo lugar para vivir.

“Ella me sacó de la casa”, dice Rodman. “Cambió la cerradura. Tenía, sabes, una bolsa de basura llena de ropa. Dejé la casa y me senté en la escalera del complejo de apartamentos, sin tener a dónde ir. Fui a casa de mi amigo. Me respondió: ‘Te puedes quedar en el jardín, en el sofá’”.

“Cada día cuando me despertaba, me iba al auto lavado, tratando de hacer dinero extra. O me iba al 7-Eleven, trataba de ponerme a hacer cajas, desechar botellas, cosas así, por cinco dólares diarios”.

Así fue su existencia, de una u otra forma, durante casi dos años. Jugaba baloncesto durante todo el día, crecía tan rápido que su ropa se rompía. Pedía ropa de segunda mano a sus amigos y encontró solaz como intruso en sus familias.

“No me sentía triste”, recuerda Rodman. “Nunca lloré por no poder ir a casa. Nunca lloré por mis hermanas y mi madre, mi denominado ‘padre’ o por los familiares que no conocía. Estaba acostumbrado a vivir la vida de esta forma”.

Su proceso de crecimiento lo llevó de ser un aspirante delgaducho de 5 pies y 6 pulgadas a una gacela de 6 pies, 8 pulgadas capaz de volcar el balón. Terminó jugando en una liga de verano y eventualmente fue descubierto por la Universidad Southeast Oklahoma, donde se convirtió en All-American en tres ocasiones a pesar de ser objeto de epítetos raciales en una comunidad que dudaba en adoptar a una súper nova de origen afroamericano. Se convirtió en una historia improbable de éxitos, pero fue algo complicado, siempre complicado, porque esas emociones siempre estuvieron tan cerca de la superficie.

Para el momento en el cual fue elegido en el draft por los Detroit Pistons en el puesto 27 del draft de la NBA de 1986, Rodman se encontraba distanciado de su madre. Su padre había quedado en el olvido, como todo un fantasma, hasta una noche en 1997, mientras Rodman jugaba con los Chicago Bulls. Rodman recuerda que Philander se apareció en el complejo de prácticas antes de comenzar la práctica previa en un día de partido.

“Íbamos a jugar contra el Utah Jazz y había llegado tarde a la práctica… sí, yo había llegado tarde”, afirma. “Estaba llegando en mi auto a la puerta del Berto Center y este señor afroamericano se acerca a mi camioneta, diciéndome: ‘Necesito hablar contigo. Necesito hablar contigo’. Le respondí: ‘Hombre, estoy llegando tarde a la práctica’. Y él me contestó: ‘Sólo quiero hacerte saber que soy tu padre’. Como si nada, de repente. Y le dije: ‘Oh, vamos, ¿tengo que lidiar con esto precisamente hoy?’”.

Rodman asumió que el hombre era un impostor; había crecido acostumbrado a estar rodeado de gente que trataba de sacarle dinero. No pensó más al respecto hasta la mitad del partido, en un descanso, cuando él se dio cuenta de una conmoción en las tribunas.

“Me estoy dirigiendo a la banca y ocurre que miré hacia arriba y dije: ‘Espera, hombre, ¿qué está pasando ahí?’”, explica Rodman. “Y alguien me dijo: ‘Hombre, ese es tu padre. Está firmando autógrafos, concediendo entrevistas’”.

“Pero seguía pensando que se trataba de un timo”, prosigue Rodman. “Cuando el partido había terminado y regresábamos al vestuario, un reportero me preguntó: ‘¿Sabías que tu padre estaba presente?’ Le respondí: ‘No’. Él prosiguió: ‘¿Sabías que había escrito un libro sobre ti?’ Contesté: ‘No’. Y él me dijo: ‘Porque, sabes, es un éxito de ventas’. Sigo creyendo que se trata de un chiste gigantesco, porque este hombre salió de la nada y jamás le había visto antes”.

“Había tenido 16 esposas y, creo que, 29 hijos. Y fui su primogénito. Alguien me lo dijo. Pienso: ‘Como sea’. Estaba tan acostumbrad a vivir sin padre después de 37 años. Estoy pensando: ‘¿Sabes?, es un poco tarde. Es un poco tarde”.


El documental 30 for 30, que incluye varias entrevistas con una amplia cantidad de miembros de la familia de Rodman, incluye un video del jugador en su discurso de exaltación al Salón de la Fama en 2011 en el cual, tras hacer una pausa para mantener la compostura, Rodman pide disculpas a sus hijos por no haber estado presente.

“Me miento mucho a mí mismo por toda clase de porquerías”, dice Rodman hoy en día. “Soy un gran padre, amo a mis hijos… Y después tengo que ir a casa, sentarme y castigarme porque me estoy diciendo todas estas mentiras.

“Todos tenemos que lidiar con nuestros demonios. He lidiado con muchos. El alcohol es uno de ellos… todos lo saben. Pero creo que el único demonio importante con el cual estoy lidiando en estos momentos es intentar convencerme a mí mismo de que soy un buen padre. Eso es lo peor para mí. Y por alguna razón, es tan difícil para mí. Es sumamente difícil para mí romper con ese ciclo, ¿sabes? Sientes que ya es demasiado tarde. Es una de esas situaciones en las cuales nunca tuve a nadie que quisiera (amarme)”.

Sus dos hijos menores no recuerdan su volátil carrera en el baloncesto, la cual comenzó cuando Rodman llegó a ese equipo de los Pistons llenos de veteranos, entrenados por el venerable Chuck Daly, quien identificó la vulnerabilidad e inmadurez de Rodman y sirvió como su protector y padre sustituto. Pronto, Rodman se hizo presencia frecuente en las celebraciones de Día de Acción de Gracias y Navidad, adhiriéndose diligentemente a las reglas de la casa: Quitarse los zapatos al llegar a la puerta para así no manchar la pulcra alfombra roja.

“La (familia) Daly me trataba como si fuera uno de ellos”, explica Rodman. “No me veían como si yo era una persona de origen afroamericano o un atleta afroamericano. Me decían: ‘¿Cómo estás? ¿Qué te pasa? ¿Necesitas algo? Era un lugar seguro. Me sentía sumamente cómodo allí. Cuando estaba solo en mi apartamento y no tenía a nadie a mi lado, siempre llamaba a Chuck Daly o a Isiah Thomas”.

Thomas, el perenne base All-Star de los Pistons, respondía a toda hora las llamadas del nervioso novato, cuya ansiedad social era palpable. A pesar de ello, cuando Rodman estaba en la cancha, demostró ser un competidor infatigable, un rebotero voraz y defensor incansable.

“Algo que cambió toda mi vida ocurrió un día, cuando Isiah Thomas se acercó a mí”, afirma Rodman. “Me apartó a un lado y me golpeó tan fuerte en el pecho, diciéndome: ‘¿Sabes una cosa, Dennis? Esto no es un juego. Esto no es un chiste. Queremos ganar un campeonato. Tienes que espabilarte, mantener la compostura y mantener la cabeza concentrada. No puedes seguir saliendo con (el gigante de los Pistons) John Salley. Debes hacer tu trabajo”.

“Eso cambió toda mi perspectiva con respecto a la NBA, porque pensaba que se trataba de un campo de juegos gigantesco. En aquellos días, estaba bastante perdido, aunque estaba perdido en medio de la felicidad”.

Los Pistons ganaron campeonatos consecutivos en 1989 y 1990, pero su apodo era el de “Bad Boys” (“Chicos malos”), concepto que entraba en conflicto para un joven jugador que estaba sediento de aceptación… y afecto. En 1992, mientras estaba esperando en las entrañas de la arena del Orlando Magic para ingresar a la cancha para las festividades del Sábado del Juego de Estrellas, el anunciador comenzó a mencionar los nombres de los participantes del juego del domingo. Cuando anunció a Dennis Rodman, la multitud comenzó a abuchear fuertemente. Rodman, con sus ojos borrosos, le preguntó a un reportero: “¿Por qué me odian?”.

El cambio en la NBA es algo inevitable. Eventualmente, Salley fue cambiado, Daly renunció y Rodman cayó en un periodo muy complicado, con las emociones desbocadas dentro y fuera de la cancha. Se vio envuelto en un doloroso proceso de divorcio de su primera esposa Annie Bakes, madre de Alexis. Su peor momento se produjo en febrero de 1993, cuando la policía le descubrió dormido en su camioneta en el estacionamiento del complejo de los Pistons de Auburn Hills con una pistola cargada sobre su regazo. Como lo describe Salley de forma escalofriante en su documental 30 for 30: “¿Creía yo que se iba a suicidar en el Palacio de Auburn Hills? Sí”.

A pesar de todo, Rodman fue capaz de ganar siete títulos consecutivos como mejor rebotero de la NBA entre 1992 y 1998, se tiñó su pelo de todos los colores del arcoíris, se colocó piercings en nariz y labios, tuvo una breve relación con Madonna y un breve matrimonio con Carmen Electra. “El Gusano” era omnipresente, tanto en las fiestas como en el circuito de la NBA.


En 1995, Rodman se unió a Michael Jordan y Scottie Pippen, ganando tres campeonatos consecutivos con los Bulls. Sus excentricidades le convirtieron en un personaje instantáneamente reconocible, un personaje de la NBA que se atrevió a usar un vestido de novia en 1996 para promover un libro.

Rodman, que ya era una figura mayor que la vida misma, estaba conduciendo en Chicago cuando éste escuchó un informe de tráfico en la radio, en el cual se daba a conocer que varias calles se encontraban embotelladas.

“El reportero dice: ‘Hay demoras entre la Ruta 94 y Arden, porque hay un cartel de Dennis Rodman justo a la salida y la gente está deteniéndose para tomarle fotos”, recuerda Rodman en su conversación con ESPN. “Estoy escuchando la radio y digo: ‘¿Qué?’ Conduzco hasta allá y veo que hay embotellamientos y la gente sale de sus autos, en plena autopista, tomándole fotos a mi rostro con pelo verde. Ni sabía que existía la valla. Pasaba por allí todos los días”.

“Antes de llegar a Chicago, había una (valla) de Michael y Scottie. Y cuando llegué allá, estábamos Michael, Scottie y Dennis. Luego, unos meses después, era solo yo. Por ende, durante un año, quizás por seis meses, fui más grande (que Jordan)”.

En ese momento, Rodman estaba luchando su batalla continua contra el alcohol y las drogas que casi lo arruinó. Salieron a relucir acusaciones de abuso doméstico, una multa por manejar bajo la influencia del alcohol y acusaciones de comportamiento aberrante que no podían ser justificadas como los actos de un hombre vulnerable que tuvo una niñez difícil. No obstante, durante ese mismo periodo, no era extraño ver a Rodman llorar al ver personas sin hogar, a quienes les daba billetes de $100 por la calle como si fueran caramelos.

Se produjeron visitas a centros de rehabilitación; además de un desfile de agentes, managers, novias y simpatizantes. Logró desarrollar una relación con el dictador norcoreano Kim Jong-un que fue enigmática y controversial. Su exconsejera financiera Peggy Ann Fulford fue sentenciada en noviembre pasado a 10 años de prisión por estafarle millones de dólares.

Rodman buscó consuelo en personas acaudaladas que no querían nada de él. La fallecida cineasta Penny Marshall fue una de ellas. El dueño de los Dallas Mavericks Mark Cuban fue otro.

Rodman apenas jugó 12 partidos y 29 días con los Mavericks en el año 2000 y fue expulsado en dos ocasiones, sancionado con una suspensión y fue multado con $13,500 en dicho periodo. Pero Cuban, quien admiraba la habilidad de mercadeo de Rodman, se mantuvo en contacto con el jugador después de su rescisión con los Mavericks.

“Fue un tipo genial conmigo”, dice Rodman. “Me quedé en su casa de huéspedes durante aproximadamente tres semanas. Tuve muchas fiestas cada noche. Mark y yo fuimos a clubes de estripers todo el tiempo, antes de que él contrajera matrimonio y tuviera sus hijos. A él le gustaba la forma cómo yo jugaba al baloncesto, cómo me mercadeaba”

“Él tenía fe en mí”, prosigue Rodman. “Se sentía mal porque las cosas no funcionaron en ese momento, pero ellos estaban en medio de un movimiento joven. Le dije: ‘La pasé muy bien, muchas gracias’. Hemos sido amigos desde entonces. Hablé con él hace un par de semanas. Nunca fue por dinero. Todo era por la amistad. Eso es algo refrescante”.


Rodman, de quien podría decirse es el mejor rebotero que ha visto este deporte, ha estado contactando a varios equipos de la NBA con respecto a la posibilidad de asumir un rol como consultor y confirmó que recientemente ha estado discutiendo dicha posibilidad con el consejero especial de los LA Clippers, Jerry West.

No tiene certeza con respecto a la forma cómo el público recibirá su nuevo documental, pero Rodman aspira que la gente le comprenda un poco mejor.

“Creo que, después de ver la película, me mirarán diciendo: ‘Wow. Él no quería el dinero. No quería la fama. No quería nada. Sólo quería que alguien le cuidara y amara”, afirma Rodman.

La ironía, como es obvio, radica en que eso es lo único que sus hijos desean de él. Rodman tiene dudas de que pueda tener éxito como padre, pero su inactividad lo ha convertido en el lamentable fracaso que él detesta tanto. La lucha, para bien o para mal, continúa.

“Ahora, mis hijos quieren venir y estar cerca de mí e intento entender si puedo conseguirlo”, admite Rodman. “Si me puedo sentar y pedirles lo siguiente: ‘Olviden todos mis logros. Olviden todos mis premios. Olvídense del dinero, olvídense de la fama, olvídense de las mujeres, olvídenlo todo. ¿Puedo pedirles que pongan todo eso a un lado y me den apenas una pequeña parte de mi vida para así conocer bien a mis hijos?’ No solo puede ser por un momento para después volver a ser Dennis Rodman otra vez. ¿Puedo estar presente de forma consistente? Eso es lo único con lo cual estoy luchando”.

Rodman aún no ha visto su documental. Cuando lo haga, escuchará a Alexis, su hija mayor, quien apenas ha logrado ver a su padre de forma intermitente en el transcurso de su vida, decir: “Mi padre es una persona realmente hermosa”.

Si Dennis Rodman pudiera creerlo.