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Cuando el terror redactó miles de historias

Getty Images

"El terror se encargó de redactar miles de historias y de llevarse consigo a la tumba otras tantas, que jamás serán contadas".

Como periodista, uno intenta no repetir leads, pero la licencia es meritoria en esta ocasión. Fue el encabezado de la primera historia que escribí y envié el 11 de septiembre de 2001. Es, de paso, el único lead que me sé de memoria, entre los miles que he escrito, editado y revisado en mis años en esta profesión.

Admito, tuve tiempo para pensarlo. Lo gesté en la larga y amarga caminata de regreso de lo que eventualmente sería conocida como Zona Cero al hotel Pennsylvania, frente al Madison Square Garden.

Horas antes, había tenido el mismo pensamiento: tengo tiempo. En esa instancia, tiempo para escribir una historia: había madrugado junto a los fotoperiodistas Xavier Araújo y José Jiménez y el reportero Aleudi Rosario para ir al Parque Central a entrevistar al boxeador y entonces campeón mundial de las 160 libras Bernard Hopkins, tras su carrera de entrenamiento matutina.

Hopkins se disponía, días más tarde, a unificar cetros con el boricua Félix ‘Tito’ Trinidad, y esa cobertura era la razón de mi presencia en Nueva York.

Hecha la entrevista, tomamos un taxi que nos dejó frente a un Starbucks en Manhattan. Café en mano, y con el ánimo del periodista que considera que ya ‘hizo su día’ apenas horas después de salir el sol, todo cambió al llegar el primer mensaje: la noticia preliminar informaba de un accidente: una avioneta que se había estrellado contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center.

Casi por asalto detuvimos y abordamos un taxi que nos acercó tanto como pudo a las Torres. Al bajar, todos salimos corriendo, pero en el proceso de pagarle al taxista nos separamos. Cuando nos volvimos a ver esa noche, el mundo había cambiado.

Llegué hasta el frente de las Torres y me llamó la atención que ambas estaban prendidas en fuego. Claro, en la ruta no tuvimos acceso a la noticia en evolución, y ya se había estrellado el segundo avión. No era un accidente. Caminé alrededor de las Torres, intentando entrar, en vano por el cordón policiaco.

Mi misión autoimpuesta era tratar de entrevistar empleados puertorriqueños en el interior. Estamos en Nueva York y de seguro los habría, me decía yo.

Y, mientras, seguía bordeando las Torres, convencido de que –como buen boricua- lograría burlar la seguridad y entrar, sin imaginar que intentaba una misión suicida.

En esas gestiones, hice lo que todo reportero: llamar a mis jefes para avisar de que, al momento, tenía material para nota de ambiente, pero con el pendiente de las entrevistas.

En medio de la llamada, comenzó el caos. Un ruido ensordecedor pero irreconocible, una multitud de gente corriendo despavorida en mi dirección y una reacción propia del instinto noticioso -corrí en la dirección contraria- se produjeron en sucesión, pero al llegar al cruce inmediato de calles la realidad me golpeó en cuerpo y alma: una enorme bola de humo venía hacia mí, arropando transeúntes, autos, edificios y todo lo que estuviese a su paso.

Papa Dios, gracias por todo, esto se acabó, pensé, sin saber que aquella bola era el 'debris' de la primera Torre caída y pensando que era fuego corrí, esperando sentir el calor de la llama en cualquier instante, y a la vez mirando a la gente correr a mi alrededor –arropados en algo grisáceo, pero sin quemarse.

Seguí sin entender, corriendo hasta donde me permitieron las fuerzas, luego caminando, aún vivo en contraposición a mi pensamiento original. Me alejé, al fin convencido de que no lograría mi misión original, y en el camino pude escuchar las noticias: habían colapsado ambas torres, atacado el Pentágono, estado de emergencia en todo el país y de total caos en Nueva York.

Pensé en Trinidad y en Hopkins, pero ya la prioridad y la agenda periodística era otra. Los siguientes días no fueron mejores: seriamente afectadas las comunicaciones, detenido el transporte público y aéreo, y en medio de una histeria colectiva, el ambiente era de guerra sin ser soldados ni saber quién era el enemigo, o dónde estaba, o cómo proceder.

Los desalojos del hotel a media noche, por falsas alarmas, eran diarios y a velocidad de pánico. Una noche, en un intento por calmar el estrés, recuerdo que me fui a caminar de madrugada en medio de una tormenta, y el trueno de un relámpago provocó que la gente se lanzara a la calle corriendo, en ropa de dormir, sin saber qué era aquello.

Días después regresé a Puerto Rico, donde permanecí un par de días antes de volver a Nueva York. Al menos, sí pude completar la misión de cubrir la pelea Trinidad-Hopkins.

Tito perdió su invicto, pero la eterna ciudad de Nueva York perdió mucho más. Todos perdimos mucho más.